Los abuelos: un entrañable ejemplo para nuestra vida

Los abuelos nos enseñan amor, historia y tradición, siendo pilares fundamentales en la familia y la vida.
«Abuelo» de David Lacarta está sujeto a una licencia CC BY-SA 2.0.

El 26 de julio es el día internacional de los abuelos, pero en todas las fechas del año los recordamos si se han ido y los atendemos si aún viven. Su cariño se combina con su testimonio vital de entrega. De su amor nos alimentamos quienes hemos podido convivir con ellos.

Ciriaco

Él, Ciriaco, mi abuelo materno, quería a su ciudad adoptiva, Madrid, casi tanto como a su familia. Llegó a la villa y corte cuando se estrenaron las líneas 1 y 2 del metro, en plena juventud. Conoció a su novia, Paquita, que estaba de visita en la ciudad, durante una verbena de sábado, en primavera.

El padre de Paquita poseía en Segovia una fábrica de chocolate, fraguando artísticas figuras en el delicioso líquido. Ciriaco jugaba con sus hijos y nietas al cinquillo con la maestría del tahúr curtido en naipes y dominó en el domicilio de su familia rural, manchega, junto a sus ocho hermanos mayores. Añoraba de la casa de su infancia a sus hermanos y padres, y en especial la inmensa higuera del patio, que dibujaba sombras y luces en las losas bajo el inclemente sol de julio.

Vivía Ciriaco con mi abuela Paquita en el madrileño barrio de Cuatro Caminos, frente al maravilloso y modernista Hospital de Jornaleros, hospital de sangre durante la guerra civil de 1936, y hoy sede de la Consejería de Ordenación del Territorio y Vivienda de la Comunidad de Madrid. Tomaban el autobús, para vernos a su hija, yerno y nietas en Fuencarral cada tarde de domingo. Ah, Fuencarral, el territorio donde él cazaba conejos en los años cuarenta del siglo XX.

Las tardes de verano, sobre la hamaca roja, en el jardín de marras donde sus nietas jugábamos y realizábamos las manualidades del colegio, bebía Ciriaco de la bota de vino o del porrón, transparente como rayo de luna, para trasegar la ensalada de tomate y lechuga, seguida de melón, cortado y repartido éste protocolariamente por él entre todos los miembros de la familia sentados a la mesa.

En su pueblo dorado el cocido era preceptivo día tras día, según contaba, y el trocito de queso con el cachito de pan seguía siendo, a la vuelta de los años, el cotidiano alimento, así como el plátano maduro, masticado con pan también. Ciriaco comía pan con todo, pan de trigo madurado al sol de los campos de Toledo.

El abuelo era enfermero practicante. Hervía las jeringuillas en su cacillo y se disponía a inyectar al más pintado la medicina que curaba la gripe, el dolor muscular, la infección o la enfermedad. Trajo la vacuna contra la poliomielitis a mi casa y nos libró de esa pandemia que atacó con ansia a miles de niñas y niños de mi generación.

Evocaciones

La casa de mis abuelos en Cuatro Caminos era fastuosa, larga, suntuosa, enorme, y miraba al sur. Él escribía siempre en el cuarto de estar artículos y documentos en su máquina Underwood negra, que me subyugaba. De hecho, gustaba de leer mis redacciones de colegio, siempre tan largas, y me alentaba a escribir, a leer su gran biblioteca, repleta de autores clásicos, en especial griegos y latinos, a visitar museos, a amar a todo el mundo, porque Ciriaco amaba a sus semejantes por definición, por curiosidad, por costumbre, por genética.

Autodidacta por completo, salvo por un par de cursos de enfermería en la Escuela Pública, como buen toledano adoraba el arte musulmán, el cristiano y el judío, en una simbiosis de religiones y culturas que llevaba en la sangre, pasión que transmitía en cualquier conversación, e incluso haciendo de cicerone improvisado cuando visitaba Toledo, Córdoba, Sevilla o Granada.

Solía llevarse una hierba o una hoja a la boca, así que no me sorprende que yo haga lo mismo sin darme cuenta, pues tuve buena escuela de su mano, recorriendo los campos de nuestro barrio, que hace décadas estaban sembrados de viñas, enredaderas, rosales y aligustres. Entonces caminábamos entre hormigueros en primavera y verano, o entre charcos inmensos en invierno, cuando nevaba o llovía tanto. Eso ocurría, en otro mundo, en otra época en la que las niñas jugábamos a la goma y a la comba, cantando las últimas canciones heredadas de nuestras madres y abuelas, que el siglo XX se llevó consigo: El pavo, pavito, pavo; La guerra de Melilla, y Han puesto una librería, entre otras coplas.

Ciriaco leía el periódico ABC por las mañanas y era un maestro en el arte de los crucigramas y las fotografías. Tomaba fotos de hijos, nietos, paisajes, edificios. En blanco y negro y en color, dominando el arte del enfoque y revelado. Así que conocía el mundo interior de su familia y estaba enterado del exterior, plasmados ambos en poesías y fotos, pues componía poemas y artículos para revistas generalistas y sanitarias, en la época donde la prensa, las imágenes y las colaboraciones periodísticas se valoraban muchísimo.

Paquita dominaba la conversación, las tareas domésticas, las relaciones familiares y las amistades con los pacientes de su esposo. Yo me maravillaba de cada cosa y costumbre de su casa las veces que la visitaba: los tapetes de ganchillo sobre los sillones, las espléndidas albóndigas, el balcón semicerrado mirando a la avenida, el frasco de colonia de litro, el cristal sobre la mesa camilla y sobre fotos familiares, la despensa en el pasillo con su cortinilla, la muñeca Mariquita Pérez, intocable, la cabeza de ajos en la olla, entera siempre, el constante ruido del ascensor entre las ventanas que daban al patio… Y la radio de galena. La mesa camilla con su brasero y las castañas crepitando en la cocina económica en diciembre, bajo un juego de cazos y cazuelas de latón dorado. 

A las niñas los inviernos se nos hacían demasiado largos y las siestas de verano muy silenciosas y ardientes, anhelando el crepúsculo donde ya se podía jugar al escondite, a las carreras, a las casitas, a las tiendas, a las clases, a las cartas con los abuelos y mis padres. Largas tardes de brisca, con rosquillas caseras y fútbol en la radio. Muchísimo fútbol emitiendo a través del transistor.

Traslados

Ciriaco y Paquita, cuando se casaron, partieron de Madrid a Asturias, hacia el mar desconocido, que resultó maravilloso, a cubrir él una plaza de practicante en un hospitalillo comarcal para heridos y quemados. Sus hijos nacieron durante la década de los años 20, en un paraíso verde y húmedo, diametralmente opuesto a los campos de La Mancha o de Segovia, y quince años después, otro destino laboral de Ciriaco llevó a Marruecos a toda la familia. Paquita cultivaba el huerto y alimentaba a sus gallinas.

El norte de África, después, los marcó con su calor abrasador, sus cielos límpidos, sus gentes y su ocupación militar. Las mujeres trabajaban y los hombres iban en burro. Las bodas eran magníficas y el sol quemaba tanto que hombres y mujeres cubrían siempre toda su piel. Dátiles y leche de cabra, además de ricos pasteles, se ofrecían en las casas y puestos callejeros. Escasos lujos en una región rural, pobre, casi desértica, plena de seres entrañables. 

Allí vivió la familia la guerra civil española, ajena a los bombardeos y la lucha fratricida. Pero regresó a Madrid en la posguerra.

La abuela juega alegremente con su nieta bebé, creando recuerdos entrañables.
«Con la abuela Tomasa» de Mikel Seijas Alonso está sujeto a una licencia CC BY-SA 2.0.

Paquita

La abuela Paquita era simpática y tranquila. Nos traía a las nietas chocolatinas, monedas dulces, envueltas en papel de plata o de oro, también bolsitas con sombrillas de caramelo, o patatas fritas saladas, o pipas, o cacahuetes o almendras garrapiñadas, y a lo mejor milhojas de merengue. También tabletas de chocolate blanco o mantecados espolvoreados de azúcar, todos esos manjares con los que sigo soñando.

Ya anciana, se perdió una tarde entre la gente y en una semana olvidó casi todo, incluso lo que nos había contado junto a la mesa camilla: los premios por los fabulosos trenes de chocolate de su padre, las verbenas de Madrid bailando el chotis con Ciriaco, y hasta la sarta de conejos cazados que él llevaba a su casa cada día de fiesta, antes de que la depredación de otros animales los extinguiera.

El abuelo, pensativo, observa a la abuela con nostalgia, que juega con sus dos nietos.
«Grandparents» de Barney Moss está sujeto a una licencia CC BY 2.0.

El abuelo y la abuela

Era Ciriaco quien hablaba relatando historias de árabes y cristianos, de reyes y poetas, de pastores, de pacientes reales que pasaban por su consulta, aunando la realidad y la Historia, mientras Paquita tomaba el fresco en el sillón de mimbre, una vez regado el patio con la manguera. Nuestro patio de lilas y rosas.

Ciriaco se sintió desolado al enviudar. Los recuerdos de Marruecos, de su pueblo en Toledo y de Asturias se mezclaban en su mente, a pesar de que llevaba media vida viviendo en Madrid. Eso me dijo un día con resignación y tristeza: “cuántos recuerdos”…

El mundo y la ciudad corrían demasiado aprisa para los huesos de mis abuelos, que habían conocido una capital de España amable, sencilla, donde todo el mundo se saludaba, donde en agosto se hablaba hasta las tantas en la calle, donde los puestos de horchata y leche merengada se sucedían en paseos y bulevares, donde pisar a alguien significaba conocer a un nuevo amigo, y los obreros comían bocadillos de anchoas o calamares a pie de obra, echándose una la siesta de diez minutos a la sombra.

Paquita y Ciriaco añoraban Marruecos: el sol inmenso, la perra que no pudieron traerse de allá, la boda de su hija mayor, el dispensario, los niños descalzos. Rememoraban también el Cantábrico y sus noches de pesca, sus olas inmensas, las quemaduras de los mineros que Ciriaco trataba… mil cosas que nos relataban amorosamente.

Ficción sobre abuelos

Son emotivas las películas Abuelos, de 2019, del director Santiago Requejo; y El abuelo, de Fernando Fernán Gómez, estrenada en 1998, así como la novela Julia está bien, de Bárbara Montes, publicada en 2021.

Ciertamente, los abuelos aparecen en la inmensa mayoría de las sagas familiares, tanto en cine como en literatura, por ejemplo, Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez; Heidi, de Johanna Spyri, y en decenas de cuentos infantiles, como Vuelve mañana, abuela, de María Menéndez-Ponte.

Corolario

Los recuerdos recorren mis venas como un sueño de infancia donde no había pasado difícil, solo tardes de juegos junto a los muros de casa, esperando a los abuelos que siempre volvían los domingos.


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