Los lectores, esos fieles amantes de la palabra escrita

Acueducto romano de Segovia
«Acueducto de Segovia, panorámica al amanecer» de Fernando García Redondo está sujeto a una licencia CC BY 2.0.

Lectores y autores nos complementamos en nuestra fabulosa aventura de buscar caminos, ideas y personajes inspiradores en los libros.

Relación de ida y vuelta

Los lectores interactuamos con los autores en una estrecha relación mutua, donde la palabra escrita por estos últimos adopta múltiples formas en la mente de los primeros, pues cada día el lector vive una temática distinta y se mueve con unas obsesiones diferentes, como consecuencia de los aciertos y fracasos que le afectan en su vida diaria. Así, ocurre que los libros acaban muchas veces subrayados al margen, resumidos o con notas manuscritas por el lector, en un espléndido círculo literario, insospechado y enriquecedor.

Los lectores buscamos, de manera inconsciente, entretenimiento, imaginación, olvido de nuestros problemas, información, comunicación y aprendizaje, ya sea nuestro objeto de lectura un ejemplar de novela o de poesía, un artículo de prensa o unas líneas procedentes de redes sociales. Los lectores encontramos todas esas facetas, pero no nos paramos a examinar la grandeza de esta interacción, de tan poco precio material y de tanta trascendencia, sin embargo. Porque cada obra supone un enorme compendio de esfuerzo, de documentación y de reflexión personal. Un solo libro reúne años de experiencia, de escritura, de corrección y de lectura por parte de su autor, que a su vez ofrece al lector.

El lenguaje

El castellano, el latín hablado en Castilla, es la lengua donde, desde hace siglos, aprendemos a amar, a escribir y a soñar. Con ella expresamos la dicha que nos embarga, la frustración que nos atormenta, el ansia que nos lleva a experimentar con nuevas tácticas y hasta la apatía que a veces nos sonroja.

Los autores pintan palabras en nuestro cerebro, encendiéndonos imágenes sin pausa: trigales en agraz, casas de piedra, viñas crecidas, pájaros en libertad volando sobre la mies, aldeas abandonadas con alguna chimenea humeante… hielo en diciembre y sol de fuego en julio. Perfilan el paisaje de la España rural y de la España ciudadana reventando en las pupilas, aderezado con narrativa histórica y poesía sublime, con dramas sociales y reportajes exhaustivos, con diarios de tiempos sombríos y biografías psicológicas.

Libros mágicos

Castilla palpita en Las Fundaciones de Santa Teresa, en Los Santos Inocentes de Miguel Delibes, en las Soledades de Antonio Machado e inunda los campos de León con en el Señor de Bembibre de Enrique Gil y Carrasco, con La Esfinge maragata de Concha Espina, con Retahílas de Carmen Martín Gaite y con Los santos inocentes de Miguel Delibes, entre tantos otros. La séptima legión romana se asienta y revuelve el oro perdido de Las Médulas, señalando los senderos que llegarían a ser los futuros Caminos de Santiago, los oficiales y los olvidados, donde vivieron los primeros demócratas de Europa.

La fuerza de las palabras

León y Castilla son el territorio primario de una lengua en la que nos expresamos millones de personas a este y al otro lado del Atlántico, que asistimos al milagro de la comunicación total entre países, regiones y comarcas, también componiendo rimas de versos, frases de amor, y términos precisos de jurisprudencia y ciencia. La frecuencia en el uso de las palabras no nos exime de valorar la maravilla de su mensaje, pues los vocablos enredan, alisan, construyen puentes, levantan barreras, cuentan historias sin parar. Y nos definen como personas.

Nuestros gustos

Una y otra vez los lectores nos alimentamos de las frases escritas en libros y en revistas, como la tierra se alimenta de la lluvia y el sol. Anhelamos entrar en los capítulos de la novela recién comprada y llegar al final de la trama más pronto que tarde, para repetir por enésima vez la magia de abrir un libro y descubrir una nueva saga, o tal vez otro poemario de amor y heroísmo, de desamor o de cobardía.

Senderos gloriosos

Son muchos los medios que atraviesan la legendaria Castilla y el regio León en su extenso paisaje. Algunos, muchos, son de agua y se denominan afluentes del Duero, en una y otra margen, de cauces suntuosos. Otros son vías de tren atravesando minifundios. Alguna es una pista de aterrizaje, también una cañada para el rebaño, pero la mayoría son carreteras comarcales que mueren en la montaña y en aldehuelas con pocos niños y adolescentes, carreteras entre ciudades o autopistas que conducen al Cantábrico y al centro peninsular con escasas paradas en el trayecto.

Enclaves ciudadanos

Resultan encantadores los bulevares y jardines de las capitales rodeando sus ríos: Burgos besada por el Arlanzón, Soria por el Duero, León por el Bernesga y desde luego los parques de La Alamedilla en Salamanca o la Huerta de Guardián en Soria, siempre susurrando al atardecer, a todas horas declamando historias de ánimas y bodas, de jardines encantados donde los cisnes nadan en círculos, añorando los lagos, las tardes de verano o las barcas con parejas enamoradas.

Evocaciones

Entras en un restaurante donde huele a torreznos, a lechazo, a cecina, a queso, a castañas asadas, a galletas y desde luego a pan, y ya sabes el argumento del libro que te acompaña: los años jóvenes de un universitario, la dura vejez de un puñado de monjas de clausura, la atareada existencia campesina o la posguerra entre visillos y en los cotos de caza durante la España de los años cincuenta. Temática y ambiente real se cruzan en las páginas de novelas sublimes que aligeran nuestros pesares en el trayecto diario al trabajo, en la siesta del sábado y en el autocar que busca la siguiente parada.

Gracias

Agradezco a la literatura la energía e información que supone leer una nueva historia sobre seres humanos que sufren, que se esfuerzan, que se traicionan. Agradezco leer también el ejemplo de sus protagonistas que pasan por un dédalo de peripecias de las que el autor suele rescatarlos… o no. En el fondo, una lectora o un lector siempre espera que el personaje principal alcance la felicidad, el premio, la gloria o que le depare su destino. 

Pues casi tanto o más agradezco al cine y a las series televisivas la plasticidad en imágenes de libros ya leídos: El Cid, por ejemplo, adaptación de la leyenda y del libro épico Mío Cid, porque los personajes contemplados en películas o series refuerzan las narraciones escritas cruzando villorrios a caballo, con el viento de frente y el día declinando, en la soledad de las tierras de labor, en la ornamentación de los castillos y en el frente medieval de la batalla.

Los libros nos salvan de la soledad, esa soledad dura y larga del invierno o el abandono, porque sus páginas nos acompañan perfilando personajes conmovedores e ilustrativos, y con ellos aprendemos a buscar soluciones a nuestros dilemas cotidianos, ya que los protagonistas se debaten a su vez, como nosotros, entre problemas de dinero y de amistad, de pareja, de empleo o de ambición.

Tomamos un libro y vamos conociendo a sus protagonistas. Entran en nuestra vida de rondón y nos cuentan sus penas, sus ilusiones, su fuerza, su enfermedad, a veces su odio, su traición o su locura. Nos convierten en sus cómplices e imaginamos que el autor escribió para nosotros esa historia sublime que nos conmueve, ese verso único que nos llega al corazón y que nos desborda. A cada lector y lectora un mismo libro le cuenta un relato diferente en un mágico y múltiple alarde de ingenio, en un milagro inigualable.

Los ensayos ilustran mil ideas en sus densos párrafos, ideados por autores pacientes, muy documentados, capaces de expresar en pocas frases términos complicados de historia, política o sociología. La poesía transfigura las palabras y apasiona con sus imágenes doradas o negras sobre la desilusión, el hastío, la felicidad o la melancolía. Increíble la facilidad con que un poema nos traspasa. La novela muestra personajes que nunca paran el ritmo, que se comportan de manera contradictoria, siendo a veces muy dichosos al inicio y desgraciados al final, otras, en cambio, muy valientes en la última página y sin embargo cobardes en los primeros capítulos. Como nuestra propia vida.

Todos los géneros literarios quieren subyugarnos, cada cual en su estilo y técnica, en un intento crucial de los escritores por cautivarnos sin tregua, en cada párrafo, en todas las historias inventadas, imaginadas, transcritas. La vida es más bonita con existencias paralelas, más rica, con más matices, con colores atrevidos e insospechados que no hubiéramos imaginado en nuestras rutinas. Porque leer es un acto individual que precisa ciertas herramientas muy dúctiles: papel o dispositivo mecánico, que se complementa con el cine, ese arte que en ocasiones plasma la literatura en grandes pantallas, para mayor gloria de ambos.

Los protagonistas de los libros se adueñan del argumento con pasmoso descaro. La mayoría de las veces conducen la trama y los diálogos por los caminos que les da la gana, obviando o desviando la idea del autor, así como su experiencia vital e intelectual. Hablan entre sí y se apoderan del mensaje. Rivalizan constantemente entre ellos y con la mente que los crea en un barullo de recriminaciones, proezas y delitos, mejorando la expresión primigenia del escritor, que no contemplaba en un principio las rencillas, las puyas y las adulaciones que se dirigen los personajes en sus diálogos.

Es grandioso el inspirador territorio castellano y leonés, donde nació nuestro idioma, en todo su esplendor de tierra feraz y edificios singulares: viñas y huertas, nieve en las montañas y sol sobre los trigales, catedrales majestuosas y rascacielos de cristal, campos de legumbre y conventos antiguos, donde aún suenan los cantos de los frailes y rezan en latín las monjas un ángelus breve. La cuenca hidrográfica del Duero se deshila en Las Rimas de Bécquer y en los versos del Cántico Espiritual de Juan de la Cruz, mientras coches y trenes buscan el destino de sus pasajeros, que leen un libro embelesados.


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